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 Creación del mundo

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AutorMensaje
Justarius
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Mensajes: 328
Fecha de inscripción: 18/07/2008

MensajeTema: Creación del mundo   Sáb Jul 19, 2008 5:07 pm

Sobre los dioses y el universo

El universo, la eternidad inconmensurable, un lugar donde el espacio y el tiempo se entremezclan y apenas tienen sentido, un lugar imperecedero, el hogar de los dioses. Seres omnisapientes de casi todo lo que les envuelve, los dioses reinaban sobre el vacío cósmico, nada existía más allá de ellos mismos.
Los dioses eran antaño, antes de la existencia del mundo de Avelmar, los únicos pobladores del universo. Su existencia constituye un misterio, sin embargo, sabemos que los dioses son los que mantienen los cimientos del universo. Los dioses existen gracias al universo y no es una paradoja afirmar a la vez, que el universo existe también gracias a los dioses, pues juntos forman un todo, un conjunto indisociable.

El universo es un páramo agreste, un sinfín de corrientes que se entremezclan entre ellas y que sólo pueden ser moldeadas por los dioses, que a su vez son corrientes entre las corrientes.
Por muy monótono que esto parezca, nada más alejado de la realidad. Las corrientes del universo son impulsivas, torrenciales y caprichosas y, a menudo, los dioses discuten acerca de cómo someterlas para que el universo siga su curso. Por este motivo, los dioses están siempre en comunión unos con otros, comunicando sus pensamientos sobre el ir y venir de las corrientes del universo.


Sobre la creación del mundo

Los dioses, sin embargo, no tienen un control pleno sobre el universo y, dado que ellos forman parte del universo, tampoco disponen de un pleno control sobre ellos mismos. La creación de Avelmar fue la prueba de esta afirmación.
Describir los pensamientos de los dioses, sería una ardua tarea, para la que ninguno de nosotros estamos capacitados, sin embargo, puedo afirmar que la creación del mundo fue consecuencia de un descubrimiento, un hallazgo sobre la misma realidad de los dioses.
Enfrascados en el control de las corrientes del universo, dos de los dioses más poderosos, Jhâdal e Ilkadia, desarrollaron una comunión más poderosa que los demás. Su comprensión del universo tomó una sola forma. No entendían la fuerza del vínculo que habían trenzado. Cada vez más se necesitaban el uno al otro, hasta que al final, a los dos les importaba más el otro que el mismo universo, pues no concebían una existencia separados.
Fue así como surgió el mundo. Jhâdal e Ilkadia crearon una nueva corriente en el universo, algo inexistente hasta ese momento, el amor. Una corriente incontrolable, desbocada y poderosa, más que ninguna de las existentes, azotó el universo y se arremolinó hasta crear el mundo de Avelmar.

Sobre el destierro de Jhâdal e Ilkadia

Cómo se creó el mundo, era algo desconocido incluso por Jhâdal e Ilkadia, pues no entendían lo que había sucedido. Hasta entonces, los dioses podían moldear las corrientes del universo, pero no crear nuevas corrientes.
Al cabo de poco tiempo, los demás dioses se percataron de lo sucedido. Todos ellos se enfrascaron en una discusión sobre el futuro de la nueva creación. El tiempo que duró esa discusión, está fuera del alcance de la mente de cualquiera de las razas que ahora pueblan esta tierra.
Jhâdal e Ilkadia repitieron una y otra vez que la creación de ese mundo era algo mágico, que no había sido estudiado ni planeado, pero los demás dioses no lo veían así. Gruyan, les acusó de conspirar a espaldas de los demás y Ayrun le respaldó. Ante esta disyuntiva, Ilithêin, tuvo que aplicar la ley y, aunque no era de su agrado, reconocer que la creación de Avelmar vulneraba la ley sagrada. Así, Jhâdal e Ilkadia, fueron desterrados al mundo que habían creado y su esencia fue fragmentada para que no pudieran salir de él hasta que la sentencia se considerara cumplida.
El destierro de Jhâdal e Ilkadia fue el acontecimiento más espectacular que jamás tendría lugar sobre la tierra de Avelmar. La esencia de los dioses era tan poderosa que el mundo no podía resisitir su embate, por ese motivo, los dos dioses se fragmentaron y se repartieron por él. Era tan grande su amor por esa tierra que sacrificaron parte de su esencia para evitar destruirla. Durante la fragmentación de los dioses, parte de su esencia se perdió entre el cielo. Una luz impresionante llenó la negra bóveda seguida de una lluvia de fuego que refulgió en el cielo y quedó inmortalizada en forma de estrellas, que brillarían hasta el fin de los días.

Sobre la creación del Sol y la Luna

Los demás dioses observaron este fenómeno desde el cosmos, sin llegar a entender lo que había pasado.
Pasó largo tiempo desde el destierro de Jhâdal e Ilkadia pero Gruyan no pudo aceptar nunca lo que pasó. Con el tiempo, estudió la formación de Avelmar convencido que él podía también crear otro mundo, más grande y más hermoso. Ayrun se percató, e instó a Gruyan a intentarlo. En realidad, Ayrun había concebido un plan semejante al de su hermano pero no se atrevía a realizarlo por miedo a los demás dioses e incluso miedo a su fracaso, así que utilizó a su hermano para perfeccionar sus planes.
Decidido, Gruyan empezó a moldear un nuevo mundo sobre su esencia, más grande, más hermoso, digno de reinar sobre todos los mundos que nacieran en el universo. Tan grande fue su empeño en crearlo, tan grande era su codicia y su envidia que creó el mundo más grande que se conoce, Ylthien. Tan grande fue Ylthien que incluso el mismo dios quedó sumamente debilitado e incapaz de mantenerlo de modo que se colapsó sobre sí mismo, atrapando la esencia de Gruyan en su interior y se convirtió en un planeta devastado por el calor y las llamas. Tan grande era el calor que desprendía que incluso los demás dioses no lograron acercarse a él. La creación de Ylthien, conocido por las razas de Avelmar como el Sol, fue otro de los grandes acontecimientos sobre el mundo creado antaño por Jhâdal e Ilkadia, pues gracias a su luz y calor, la vida surgió, llenando de belleza sus tierras y sus mares.
El fracaso de Gruyan no pasó por alto a su hermano, que entendió que nadie más podría crear un mundo más bello que el de Jhâdal e Ilkadia. Al igual que sucedió con Gruyan, la envidia y la codicia moldearon la esencia de Ayrun, que decidió que la única manera de crear el mundo más bello del universo era destruir previamente la tierra de Avelmar. Decidido a eliminar del universo la obra de sus hermanos, Ayrun empezó a conjurar su destrucción y utilizó el poder de su corriente para provocar un cataclismo sobre el mundo. Sin embargo, Ilithêin pudo detenerlo a tiempo y lo desterró, condenándolo a vivir en el mundo que más odiaba.
Ayrun maldijo a Ilithêin y se juró a sí mismo que borraría este mundo de la faz del universo. Fue así como Ilithêin descubrió que Jhâdal e Ilkadia habían dicho siempre la verdad y que su mundo había sido creado sin intención. Consternado por su error, Ilithêin decidió formar otro mundo, que siempre estaría cerca de Avelmar y que sería los ojos del Dios, para observar y proteger la obra de Jhâdal e Ilkadia y así cumplir penitencia por su error. De esta forma surgió Khïlia, la Luna, la más bella entre las obras que se podían observar en el cielo.

Sobre los dioses en Avelmar

Debido a la fragmentación de Jhâdal e Ilkadia al llegar al mundo de Avelmar, los dos dioses se convirtieron en diez y formaron el panteón de dioses de la primera edad del mundo: Hiru, dios de la Tierra, Sûru, dios del agua, Pilu, dios del fuego, Teru, dios del aire, Rhîgu, dios de las plantas, Buru, dios de los hombres, Aru, dios de los animales, Wun, dios de la razón y la justicia, Dyun, dios de los sueños y Sepun, dios de la vida.
Al llegar al mundo, cada dios se fascinó por un matiz diferente de la creación y se dedicó a su estudio y conservación. Como fragmentos de Jhâdal e Ilkadia, entre ellos reinó siempre la paz y el amor y dedicaron toda su existencia a la conservación de Avelmar tal y como se les había revelado.
Mientras que Hiru, Sûru, Pilu y Teru, fueron conocidos como los dioses elementales y se dedicaron exclusivamente al estudio del mundo y de sus secretos, los demás dioses intervinieron en él y dejaron una única bendición en el mundo, como testigo de su presencia. Así fue como se crearon las cuatro grandes razas de Avelmar. Rhîgu, Buru, Aru y Wun concibieron las razas y con la ayuda de Sepun les fue otorgado el don de la vida mientas Dyun concibió en ellos los sueños que les darían fuerza y descanso para afrontar su destino. Así fue como los Rhîgulus, los Hoshi-Bûru, los Xhêt-näl y los Justicars aparecieron sobre la tierra y respiraron por primera vez el aliento de Teru.
Sin embargo, además de ellos, otro dios también habitó este mundo, Ayrun, que se convirtió en el dios del mal, de la muerte y de la destrucción y empezó a conspirar para crear nuevas razas más fuertes que las creadas por los dioses fragmentados.

Sobre la Primera Guerra

Poco se sabe de cómo aconteció la Primera Guerra, pues las razas aún eran jóvenes y la destrucción que ocasionó fue tal, que pocos escritos y construcciones sobrevivieron a ella. Cuenta la leyenda, que los dioses caminaron sobre el mundo, ayudando a los mortales, mostrándoles el camino de la sabiduría. Las distintas razas vivían en paz en sus reinos, sin ser perturbadas por enfermedades ni desastres naturales, pues los dioses elementales velaban por la buena salud de Avelmar.
Sin embargo, el mundo no estaba libre de todo mal, Ayrun conspiraba entre las sombras para atacar a los dioses y destruir para siempre el mundo. Así, en silencio, creó dos razas, los Kilsha y los Dhenia, guerreros feroces y despiadados, cuya única misión en la vida sería destruir las otras razas y creaciones de los dioses.
Ayrun esperó más de cien años, la codicia, la avaricia y la envidia corroían su alma más allá de lo imaginable, pero su paciencia si cabe, era aún mayor y era el más grande entre los dioses de Avelmar, pues su esencia no había sido fragmentada.
En los confines de la tierra, urdió un plan para derrotar a los dioses elementales y así causar un cataclismo que dejaría debilitados al resto de los dioses. Luego su ejército arrasaría los mortales. El corazón de los dioses se hundiría en la pena y en la miseria y él se erigiría señor supremo de esa tierra, teniendo el poder absoluto para hacer su voluntad, incluso para destruirla para siempre.
Y así sucedió, aunque no exactamente igual como Ayrun había planeado. Atacó a los dioses elementales, extinguiendo su esencia y un gran seísmo asoló la faz de Avelmar, la mayor parte de las construcciones que habían levantado los mortales con la ayuda de los dioses se vinieron abajo y muchos murieron en el primer embate de la Primera Guerra. Luego Ayrun envió sus tropas contra las otras razas, que incapaces de repeler la ofensiva se vieron obligadas a retroceder hacia el interior del continente. Las cuatro razas se vieron cercadas en medio del continente, sin esperanza de sobrevivir a los acontecimientos venideros.
Todo había sucedido tan rápido que los dioses apenas habían tenido tiempo para entender lo sucedido. Todo aquello que habían construido con esmero durante siglos había sido destruido, sus hermanos, los dioses elementales había sido exterminados. Su corazón estaba hundido en el pesar y la muerte se extendía allí donde miraran. Tal y como había planeado Ayrun, los dioses estaban tan afligidos que no tenían fuerza para actuar. Ayrun creía que al estar fragmentados, serían incapaces de intervenir en el destino de Avelmar. Pero no fue así. Desde la ciudad de Soth, todos los supervivientes de las razas se unieron para plantar batalla contra los ejércitos de Ayrun, pero esta vez los dioses estaban con ellos. Se alzaron en los cielos de Avelmar y su belleza iluminó otra vez los corazones de los mortales, dandoles la esperanza de la victoria. Los dioses se unieron a la batalla, la luz brilló sobre la ciudad de Soth como nunca más se vería en la historia y en tan sólo unas horas, las filas de los ejércitos de Ayrun quedaron tan diezmadas que los hombres se batieron en retirada hacia los lugares más recónditos del mundo.
Lleno de rabia, el mismo Ayrun se presentó en Soth y entabló batalla con los dioses, algo que nunca había conocido el universo, pues nadie habría concebido nunca la guerra entre los dioses.
De la contienda que allí aconteció poco se recuerda, pues los dioses entablaron batalla y unas fuerzas tan poderosas como los mismos cimientos de Avelmar se desataron. Las montañas del este estallaron en llamas y la tierra se hundió en los reinos de Hoshi-bûru y Luiren. Parte de ella se llenó con el agua de los ríos y formó los primeros lagos. La única montaña que se erigía en Ür-Rhîgulus se fragmentó y en el cielo se formó una gran tormenta que azotó la montaña durante un año entero, mientras en las tierras de Wellmar el viento asoló la tierra durante meses formando un paraíso desierto.
El final de la guerra se acercaba y los dioses fragmentados no eran rival para Ayrun que poseía un poder superior. Su única oportunidad era desterrarlo en algún lugar de Avelmar, atarlo a ese lugar eternamente, aislándolo del resto del mundo y librando a sus hijos de la maldad y la corrupción. Así lo hicieron, pero pagaron un alto precio por ello. Ayrun fue desterrado a las tierras de Ímpiltur, condenado a permanecer en ellas hasta que la ira de su corazón se disipara, algo que parecía imposible. Fue tal el poder del encantamiento de destierro de Ayrun que dos de los dioses, Dyun y Sepun, murieron y, los demás, tuvieron que abandonar el mundo, pues habían quedado tan debilitados que incluso volver a mostrarse en su forma mortal les conduciría a la muerte.
La muerte de Dyun y Sepun marcó el final de la creación en Avelmar, pues ninguna otra raza podría ser creada sin la ayuda de esos dioses.
Cuando la Primera Guerra terminó, los habitantes lo celebraron, pero pronto se dieron cuenta de la magnitud de la tragedia. Los dioses les habían abandonado a su suerte y serían ellos mismos los que deberían cuidar de su futuro. Ahora eran náufragos en una isla desierta, todo cuanto conocían había sido destruido y no había nadie para guiarlos.
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